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La Despreocupacion Que Enturbia Nuestro Entendimiento

El hombre es intrínsicamente orgulloso: es extremadamente sensible a temas relacionados con sus propios intereses. Irónicamente, muestra indiferencia hacia la muerte, que debería ser un asunto de suma importancia. En el Corán, Dios define este estado de ánimo característico de “aquellos que no se sustentan firmemente en la Fe” con una palabra: “despreocupación”.

La definición de despreocupación sugiere una deficiencia en la comprensión global de los sucesos que nos acontecen, debido a una conciencia enturbiada o incluso una total inconsciencia y supone por tanto un fracaso a la hora de tener un buen criterio y dar respuestas pertinentes. Un ejemplo de lo dicho lo encontramos en el siguiente versículo:

Se acerca a los hombres su ajuste de cuentas: pero ellos siguen obstinadamente despreocupados de su llegada. (Sura 21:1 Los profetas)

La gente está segura de que alguien que padece una enfermedad mortal o incurable morirá. Sin embargo, al igual que ese paciente, aquellos que tienen dicha certeza también morirán. El que lo hagan en un futuro próximo o lejano no cambia este hecho. A menudo, la despreocupación obscurece esta verdad. Por ejemplo, es altamente probable que alguien que padezca de SIDA muera en un futuro no muy lejano, pero la realidad sigue siendo que también resulta altamente probable (a decir verdad, es algo seguro) que la persona vigorosa que se encuentra a su lado también morirá un día. Quizá se tropiece con la muerte mucho antes de que lo haga la persona seropositiva. Lo más probable es que ocurra en el momento más inesperado.

Los familiares lloran a sus enfermos en el lecho de muerte. A pesar de ello, raras veces lloran por ellos mismos, que ciertamente morirán un día. Sin embargo, dada la certeza de este suceso, la respuesta no debería variar dependiendo de si ocurrirá ahora o más tarde.

Si, de cara a la muerte, el dolor es la respuesta adecuada, entonces todo el mundo debería empezar a apenarse por sí mismo o por otros. O debería sobreponerse a este pesar y esforzarse por comprender mejor el significado de la muerte.

Con este propósito, resultará útil conocer las razones para la despreocupación de las gentes.

Las causas de la despreocupación

Falta de perspicacia: La mayoría de los individuos que componen la sociedad no están acostumbrados a pensar en temas serios. Al hacer de la despreocupación un modo de vida, no se preocupan por la muerte. Cualquier problema trivial que no puedan solucionar les mantiene constantemente ocupados. Los temas sin importancia, que ya “congestionan” sus estrechas mentes, no les permiten dedicarse a temas serios. Así, pasan sus vidas dejándose llevar por el curso de los acontecimientos. Mientras tanto, cuando alguien muere, o cuando la conversación deriva hacia el tema de la muerte, encuentran consuelo en frases hechas y, simplemente, evitan el tema. Se trata de personas de mente estrecha que abrigan pensamientos frívolos.

La complejidad e intensidad de la vida: La vida fluye muy deprisa y es seductoramente intensa. A falta de un esfuerzo mental excepcional, es probable que el hombre no haga caso de la muerte, que es seguro que le venza antes o después. Si no tiene fe en Dios, se encuentra demasiado alejado de conceptos tales como el destino, depositar la confianza en Dios y someterse a Él. Desde el momento en que es consciente de las necesidades materiales, se esfuerza por asegurarse una buena vida. Este tipo de personas ni siquiera intenta evitar la muerte porque está absorto en sus preocupaciones mundanas. Constantemente persigue nuevos planes, aficiones y objetivos y, un día, de improviso y por consiguiente sin haberse preparado para ello, se enfrenta a la realidad de la muerte. Entonces se arrepiente y quiere volver a vivir, pero es inútil.

Crece el engaño de la población: Uno de los motivos por los que existe la despreocupación es el que siga habiendo nacimientos. La población mundial sigue creciendo, nunca decrece. Sin embargo, una vez atrapados en la espiral de la vida, el hombre puede, por error, creer en ideas atrayentes y sin embargo completamente ilusorias tales como que “los nacimientos sustituyen a las muertes” y que, de ese modo, se mantiene un equilibrio de población. Esta base lógica hace que las circunstancias maduren para que se forme una actitud despreocupada ante la muerte. A pesar de lo dicho si, de ahora en adelante, no hubiese más nacimientos en el mundo, veríamos las muertes una tras otra y, por tanto, una población mundial en descenso. Entonces empezaríamos a sentir el horror de la muerte. El hombre advertiría cómo los que le rodean desaparecen uno tras otro y se daría cuenta de que sufriría igualmente este inevitable final. Es un sentimiento parecido al que experimentan los condenados a la pena capital en el corredor de la muerte. Cada día son testigos de cómo se llevan a dos o tres personas para ejecutarlas. El número de prisioneros disminuye de forma constante en las celdas. Pasan los años, pero todos los días, aquellos que aún están vivos se duermen en un estado de ansiedad pensando si mañana les tocará a ellos. No dejan de pensar en la muerte ni un solo segundo.

Irónicamente, la situación actual no difiere del mencionado ejemplo. Los recién nacidos no influyen en absoluto en los que están destinados a morir. Se trata de una apreciación sicológica errónea. Aquellos que poblaron el mundo hace 150 años no están hoy aquí. Las generaciones posteriores no les salvaron de la muerte. Del mismo modo, de aquí a 100 años, los que ahora habitan la tierra, con escasas excepciones, no lo harán. Esto es así porque el mundo no es un lugar permanente para el hombre.

Modos de engañarse a sí mismo

Entre los motivos que nos hacen mostrar indiferencia hacia la muerte y sumergirnos en la despreocupación, se encuentran también ciertos mecanismos de defensa que la gente emplea para engañarse a sí misma. Estos mecanismos, entre los cuales citaremos algunos un poco más adelante, reducen al hombre al nivel del avestruz que introduce su cabeza bajo la tierra para escapar de una situación desagradable.

Posponer pensar en la muerte hasta los últimos años de la vida: Por regla general, la gente da por sentado que vivirá hasta los sesenta o setenta años. Esto explica el porqué normalmente los jóvenes y las personas de mediana edad emplean este mecanismo de defensa. Teniendo en cuenta estos cálculos, posponen pensar en unos temas tan “lúgubres” hasta el final de sus vidas. Durante su juventud (o en la flor de la vida) no quieren enturbiar sus mentes con temas tan “deprimentes”. Los últimos años de vida corresponden, inevitablemente, a la época en que no se puede aprovechar lo mejor de la misma y la gente cree que este período es el más apropiado para pensar con frecuencia en la muerte y prepararse para la otra vida. Esto también conlleva un alivio espiritual, puesto que proporciona la sensación de estar haciendo algo para el Más Allá.

Sin embargo, resulta evidente que hacer unos planes tan a largo plazo y tan indeterminados no tiene sentido para alguien que ni siquiera tiene garantizado el siguiente aliento de vida. Esta persona ve cómo cada día mucha gente de su edad, o incluso más jóvenes, mueren. Las necrológicas ocupan un espacio considerable en los periódicos. Cada hora, las cadenas de televisión informan sobre nuevas muertes. A menudo es testigo de cómo muere alguien cercano. A pesar de ello, poco piensa en que los que le rodean también serán testigos de su propia muerte o de que leerán su esquela en el periódico. Por otro lado, incluso aunque viva mucho tiempo, nada cambiará, puesto que su mentalidad será la misma. Hasta que no se encuentre cara a cara con la muerte, pospondrá pensar en ella.

Suponer que se “cumplirá condena” en el infierno por un corto período de tiempo: Este punto de vista, que es frecuente en nuestra sociedad, no es sino superstición. Después de todo, no es una creencia que tenga sus raíces en el Corán. En ninguna parte del mismo encontramos ninguna referencia a “cumplir condena” en el infierno durante algún tiempo y luego ser perdonado. Bien al contrario, en todos los versículos relevantes, se menciona específicamente la separación de los creyentes y los incrédulos el Día del Juicio Final. De nuevo, sabemos por el Corán que los creyentes permanecerán en el Paraíso por toda la eternidad, mientras que los incrédulos serán arrojados al infierno, en donde sufrirán el tormento eterno:

Dicen: “El fuego sólo nos tocará un número contado de días.” Di: “¿Habéis recibido una promesa de Dios? –pues Dios nunca incumple Su promesa. ¿O es que atribuís a Dios algo que no podéis saber?”

¡Sin duda! Quienes hayan obrado mal y estén inmersos en sus faltas –están destinados al fuego y en él permanecerán; pero quienes alcancen la fe y hagan buenas obras –están destinados al paraíso y en él permanecerán. (Sura 2:80-82 La vaca)

Otro versículo enfatiza la misma cuestión:

Y eso porque alegan: “El fuego nos tocará un número contado de días”: es así como las falsas creencias que inventaron les han llevado [con el tiempo] a traicionar su religión. (Sura 3:24 La casa de Imrán)

El infierno es un lugar de tormento inimaginable. En consecuencia, incluso si fuera posible permanecer en él durante un corto espacio de tiempo, un hombre consciente nunca consentiría pasar porese sufrimiento. El infierno es el lugar en donde los atributos de Dios, al- Jabbar (Aquel que sojuzga el mal y restaura el bien) y al-Qahhar (el Aniquilador) se manifiestan en grado sumo. El tormento del infierno no es comparable a ningún sufrimiento en la tierra. Una persona que ni siquiera soporta una quemadura en el dedo y dice que puede soportar fácilmente la mencionada tortura sólo demuestra su estupidez. Además, una persona que no se siente aterrorizada por la Ira de Dios no Le tiene en gran estima. Dicho sujeto, privado enteramente de fe, es un pobre hombre que no merece la pena mencionar.

Pensar que “Ya me merezco el Paraíso”: Existe también un grupo de personas que suponen que son la gente del Paraíso. Se comprometen con cuestiones de poca importancia creyendo que se trata de buenas acciones y evitan las malas pensando que están listos para entrar en el cielo. Cargados de supersticiones y diciendo herejías que asocian a la religión, en realidad lo que hacen es seguir una fe completamente alejada del Corán. Se presentan como verdaderos creyentes y, sin embargo, el Corán los coloca en la lista de los que asocian a otros con Dios:

Y preséntales la parábola de dos hombres, a uno de los cuales habíamos dado dos viñedos, que rodeamos de palmeras, y entre ambos pusimos un campo de cereales. Ambos viñedos daban su cosecha sin mengua de ninguna clase, pues habíamos hecho brotar un arroyo en medio de cada uno de ellos. Y así [aquel hombre] tenía abundancia de frutos.

Y [un día] le dijo a su acompañante, mientras discutía con él: “¡Yo tengo más riqueza que tú, y soy más poderoso en [el número y fuerza de mi] gente!”

Y habiendo pecado [así] contra sí mismo, entró en su viñedo diciendo: “¡No creo que esto vaya a desaparecer jamás! Ni creo que llegue jamás la Última Hora. Pero si [llegara, y] fuera llevado ante mi Sustentador, ¡seguro que encontraría a cambio un lugar mejor que este!”.

Y su acompañante le contestó, prosiguiendo la discusión: “¿Vas a blasfemar contra Aquel que te ha creado de tierra, y luego de una gota de semen, y te formó al final como un hombre [completo]? Por mi parte [sé que] Él es Dios, mi Sustentador, y no voy a atribuir poderes divinos a nada excepto a mi Sustentador”.
(Sura 18: 32-38 La cueva)

Con las palabras: “Pero si [llegara, y] fuera llevado ante mi Sustentador”, el propietario del jardín expresa la falta de una fe sólida en Dios y el Más Allá y, por consiguiente, revela que es un idólatra que abriga dudas. Mientras tanto, proclama que es uno de los mejores creyentes. Además, no le cabe duda de que Dios le recompensará con el Paraíso. Esta actitud insolente e inferior del idólatra resulta algo muy común.

Estas gentes, en el fondo, saben que están siendo deshonestas, pero cuando se les cuestiona, intentan demostrar su inocencia. Alegan que cumplir los mandamientos de la religión no es tan importante. Además, tratan de absolverse diciendo que aquellos que les rodean y que aparentemente son religiosos en realidad son inmorales y deshonestos. Intentan probar que ellos son “buena gente” proclamando que no hacen daño a nadie. Afirman que no dudan en dar dinero a los mendigos, que han trabajado honestamente en el servicio público durante años y que éstas son las cosas que hace un verdadero musulmán. O bien no saben o pretenden no saber que lo que de verdad hace que un hombre sea un verdadero musulmán no es llevarse bien con los demás sino ser un siervo de Dios y obedecer Sus mandamientos.

En un intento de basar su distorsionada visión de a religión en algún tipo de lógica racional, suscriben ciertas falacias. En realidad es algo típico que muestra su falsedad. Con el fin de legitimar su propia vida, buscan refugio en lemas tales como: “El trabajo es la mejor forma de adoración” o “Lo que de verdad importa es la sinceridad del alma” Según el Corán, sólo están “inventando mentiras en contra de Dios” y merecen el castigo del Fuego eterno. En el Corán, Dios describe la situación de estas personas como sigue:

Pretenden engañar a Dios y a aquellos que han llegado a creer –pero sólo se engañan a sí mismos, y no se dan cuenta. (Sura 2: 9 La vaca)

Lógicas de doble rasero: A veces, cuando las personas piensan en la muerte, suponen que desaparecerán para siempre. Esta idea tan chocante hace que desarrollen otro mecanismo de defensa: Dan poco crédito al hecho de que “existe una vida eterna que Dios nos prometió”. Dicha conclusión les hace tener esperanzas. Cuando se dan cuenta de las responsabilidades que un creyente tiene hacia su Creador, prefieren ignorar por completo el hecho de que existe una vida eterna. Se consuelan pensando “Después de todo, seremos reducidos a la nada y nos convertiremos en polvo. No hay vida después de la muerte”. Dicho supuesto alivia todos los temores y preocupaciones, como el tener que dar cuenta de sus actos el Día del Juicio Final o sufrir en el fuego del infierno. En ambos casos, viven sus vidas despreocupados hasta el fin de las mismas.  

La consecuencia de la despreocupación

Como hemos dicho con anterioridad, mientras se está vivo, la muerte se hace notar. Estos recordatorios son beneficiosos a veces e impulsan al hombre a volver a examinar sus prioridades en la vida y a volver a evaluar su actitud en general. Pero hay veces en que los anteriormente citados mecanismos de defensa toman el poder y, conforme pasan los días, la nubede despreocupación que cubre nuestros ojos se hace más y más grande.

Si los incrédulos esperan tranquilamente la muerte y tienen un sentimiento irracional de seguridad, incluso cuando son plenamente conscientes de ella en los últimos años de su vida, es porque están completamente envueltos por dicha nube, porque para ellos la muerte supone un sueño tranquilo y confortable, tranquilidad y calma y un descanso eterno.

Contrariamente a lo que piensan, Dios, El que crea de la nada y El que hace morir y dará vida a todas las criaturas el Día del Juicio Final, les promete arrepentimiento y tormento eternos. Serán testigos de ello en el momento de su muerte, cuando crean que van a dormir un sueño eterno. Se darán cuenta de que la muerte no implica una desaparición total, sino que es el principio de un nuevo mundo lleno de angustia. La aterradora aparición de los ángeles de la muerte es el primer indicio de este gran tormento.

¿Qué [será de ellos] pues, cuando los ángeles los recojan a su muerte, y les golpeen en la cara y en la espalda? (Sura 47: 27 Muhammad)

En este momento, la arrogancia e insolencia que los incrédulos tuvieron antes de la muerte se convertirá en terror, arrepentimiento, desesperación y tormento eterno. En el Corán, se alude a este hecho como sigue:

Pues, [muchos son los que] dicen: “¡Cómo! Una vez que hayamos [muerto y] desaparecido bajo la tierra, ¿vamos a ser de verdad [devueltos a la vida] mediante un nuevo acto de creación?”

¡No, sino que [al decir esto] niegan la verdad del encuentro con su Sustentador!

Di: “[Un día] el ángel de la muerte, a quien habéis sido encomendados, os recogerá, y luego seréis devueltos a vuestro Sustentador”.

Si tan sólo pudierais ver [cómo será el Día del Juicio], cuando los que están hundidos en el pecado aparezcan cabizbajos ante su Sustentador [y digan]: “¡Oh Sustentador nuestro! ¡[Ahora] hemos visto y oído! ¡Devuélvenos, pues, [a nuestra vida terrenal] para que hagamos buenas obras: pues [ahora] estamos, ciertamente, convencidos [de la verdad]!”
(Sura 32: 10-12 La postración)

No se puede escapar de la muerte

La muerte, especialmente en edades tempranas, es algo en lo que raramente se piensa. Puesto que se cree que es el final, el hombre evita pensar en ella. Sin embargo, éste no es el remedio. Además, resulta imposible ignorarla. Todos los días aparecen titulares en los periódicos que relatan la muerte de tantas y tantas personas. Con frecuencia nos tropezamos con coches fúnebres o pasamos cerca de cementerios. Familiares y colegas mueren. El asistir a sus funerales o visitar a sus parientes para darles el pésame hace que pensemos en la muerte. A medida que asistimos a la muerte de otros y, especialmente a la de nuestros seres queridos, uno piensa inevitablemente en su propia muerte. Este pensamiento nos hiere profundamente, y nos provoca un estado de constante inquietud.

No importa con cuánta fuerza nos resistamos, dónde busquemos refugio o cómo intentemos escapar, encontraremos nuestra propia muerte en cualquier momento. No hay alternativa. Ante nosotros no hay otra salida. La cuenta atrás no se detiene ni un solo segundo. Dondequiera que miramos nos encontramos con la muerte. El círculo se estrecha constantemente y al final nos atrapa:

Di: “Ciertamente, la muerte de la que huís acabará alcanzándoos –y luego seréis devueltos a Aquel que conoce cuanto está fuera del alcance de la percepción de los seres creados, y también cuanto pueden percibir, y entonces él os hará entender realmente todo lo que hacíais [en vida].” (Sura 62: 8 La congregación)

Dondequiera que os halléis, la muerte os alcanzará –aunque estéis en torres elevadas. (Sura 4: 78 Las mujeres)

Éste es el motivo por el que necesitamos dejar de engañarnos a nosotros mismos o ignorar los hechos y esforzarnos por ganar el favor de Dios durante este período predeterminado por Él. Sólo Dios sabe cuando llegará nuestro fin.

Nuestro profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) también dijo que la mejor forma de evitar que se nos nuble la razón y lograr tener un buen corazón es recordar la muerte con frecuencia:

Abdullah ibn Umar relató: “El Mensajero de Dios (la paz sea con él) dijo: “Estos corazones se llenan de herrumbre como el hierro cuando está en contacto con el agua”. Al preguntarle qué podría limpiarlos contestó: “Acordarse a menudo de la muerte y recitar el Corán”.” (Al-Tirmidhi, 673)

 

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