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La Verdadera Muerte Y Lo Que De Ella Se Deriva

La muerte del alma (La verdadera muerte)

¿Has pensado alguna vez en cómo morirás, en cómo es la muerte y en lo que ocurrirá en el momento de morir?

Hasta ahora, nadie que haya muerto ha aparecido para compartir sus experiencias y sentimientos con respecto a ella. Es por esto que resulta técnicamente imposible recabar información sobre cómo es la muerte y lo que uno siente en el momento de morir.

Dios, El que da vida al hombre y se la quita a su debido tiempo, nos informa en el Corán sobre cómo ocurre la muerte. De este modo, el Corán se convierte en la única fuente de información sobre la misma y sobre lo que experimenta y siente alguien que muere.

La muerte, tal y como se refiere a ella el Corán, es bastante diferente a la “muerte clínica” que se observa desde fuera.

Ante todo, ciertos versículos nos ponen al corriente de lo que le ocurre a la persona que está muriendo visto por ella misma y que no pueden percibir otros. Lo relata la sura “Lo que ha de ocurrir”:

¿Por qué, pues, cuando llega [el ultimo aliento] a la garganta [de un moribundo], mientras vosotros miráis [impotentes] -y Nosotros estaos más cerca de él que vosotros, pero no [Nos] veis? (Sura 56: 83-85 Lo que ha de ocurrir)

A diferencia de la muerte de los incrédulos, la de los creyentes es dichosa:

...esos  quienes los ángeles se llevan a su muerte mientras están en un estado de pureza interior, y les dicen: “¡La paz sea con vosotros! ¡Entrad en el paraíso por lo que hicisteis [en vida]!”. (Sura 16: 32 La abeja)

Estos versículos revelan un hecho muy importante e inalterable acerca de la muerte: cuando ésta nos llega, por lo que pasa la persona que está muriendo y lo que observan los que le rodean son experiencias distintas. Por ejemplo, alguien que fue toda su vida un incrédulo inflexible parece desde fuera que tiene una “muerte tranquila”. Sin embargo, el alma, que ahora se encuentra en una dimensión totalmente diferente, saborea la muerte de un modo muy doloroso. Mientras, el alma de un creyente, a pesar de que parezca estar sufriendo enormemente, deja el cuerpo “en un estado de virtud”.

En resumen, la “muerte clínica del cuerpo” y la muerte del alma, a la cual hace referencia el Corán, son acontecimientos totalmente diferentes.

Al ignorar esta verdad de la que nos informa el Corán, los incrédulos, que piensan que la muerte es un sueño tranquilo y eterno, buscan también la manera de hacer menos doloroso y más cómodo el momento de morir. Las consecuencias de este error se ejemplifican claramente con los casos de los que cometen suicidio ingiriendo pastillas, inhalando gas o recurriendo a cualquier otra forma indolora de morir para escapar de una dolorosa enfermedad.

Como mencionábamos anteriormente, la muerte que “saborean” los incrédulos se convierte en una gran fuente de tormento para ellos, mientras que resulta una dicha para los creyentes. El Corán ofrece un relato detallado de las dificultades que experimentan los incrédulos cuando se llevan sus almas por el modo en que los ángeles manejan sus almas en el momento de su muerte:

¿Qué [será de ellos] pues, cuando los ángeles los recojan a su muerte, y les golpeen en la cara y en la espalda? Esto, porque solían seguir lo que Dios condena, y detestaban [lo que obtendría] Su complacencia: y entonces Él ha hecho que se malogren todas sus [buenas] obras. (Sura 47: 27-28 Muhammad)

El Corán también hace referencia a la “agonía de la muerte”, que en realidad es consecuencia de las noticias que dan los ángeles sobre el tormento eterno en el momento de morir:

... ¿Y quien puede ser más perverso que quien inventa una mentira acerca de Dios, o dice: “Esto me ha sido revelado”, cuando no le ha sido revelado nada? - ¿o quien dice: “También yo puedo hacer descender lo que Dios ha hecho descender”?

Si pudieras ver [que será de] tales malhechores cuando se vean en la agonía de la muerte, y los ángeles extiendan sus manos [y exclamen]: “¡Entregad vuestras almas! ¡Hoy seréis retribuidos con el sufrimiento de la humillación por haber atribuido a Dios algo que no es la verdad, y por haber despreciado arrogantemente Sus mensajes!”. (Sura 6: 93 El ganado)

Y si tan solo pudieras ver [que pasará] cuando Él haga morir a los que insisten en negar la verdad: los ángeles les golpearán en la cara y en la espalda, y [dirán]: “¡Saboread el castigo del fuego en pago a lo que vuestras manos han adelantado -pues Dios no es injusto en absoluto con Sus criaturas!”. (Sura 8: 50-51 El botín)

Estos versículos dejan claro que la muerte de un incrédulo es, en sí misma, un período de agonía. Mientras que los que le rodean observan una aparente muerte tranquila en su cama, empieza un gran tormento espiritual y físico para él. Los ángeles de la muerte toman su alma, inflingiéndole dolor y humillación. En el Corán, los ángeles que recogen las almas de los incrédulos se describen: “esos que ascienden para luego ponerse”. (Sura 79: 1 Los que ascienden)

La última etapa de cómo se llevan el alma se explica de la siguiente manera:

¡Pero no! Cuando llega [el último aliento] a la garganta [del moribundo] y la gente pregunta: “¿Hay algún mago [que pueda salvarle]?” –mientras que él [mismo] sabe que ésta es en verdad la partida. (Sura 75: 26-28 La resurrección)

En este instante, el incrédulo se enfrenta a la verdad que negó durante toda su vida. Con su muerte, empezará a sufrir las consecuencias de su enorme culpa, su negación. Los ángeles “golpeando sus espaldas ”y“ arrancando (el alma) con fuerza” suponen sólo el principio y un pequeño indicio del sufrimiento que les espera.

Por el contrario, para un creyente, la muerte supone el principio de la felicidad y la dicha eternas. A diferencia del incrédulo, que sufre amargamente, el alma del creyente “navega con navegación serena” (Sura 79: 2 Los que ascienden) mientras los ángeles dicen: “¡La paz sea con vosotros! ¡Entrad en el paraíso por lo que hicisteis [en vida]!” (Sura 16: 32 La abeja) Es algo parecido al sueño. –en él, el alma se desliza suavemente hacia otra dimensión, como indica el siguiente versículo:

[Únicamente] Dios [tiene este poder -Él] es quien hace morir a todos los seres humanos en el momento de su muerte [corporal], y [hace que estén como muertos], mientras duermen, a aquellos que aún no han muerto: así retiene ´-el a aquellos para los que ha decretado la muerte, y remite a los otros hasta un plazo fijado [por Él]. (Sura 39: 42 Las multitudes)

Esta es la verdad fundamental sobre la muerte. Exteriormente, la gente es testigo sólo de la muerte clínica: un cuerpo que pierde gradualmente sus funciones. Los que observan desde fuera a una persona al borde de la muerte no ven ni cómo golpean su cara ni su espalda, ni cómo su alma llega hasta su garganta. Únicamente el alma de la persona en cuestión experimenta estas sensaciones y ve estas imágenes. Sin embargo, la verdadera muerte la “saborea” en todas sus facetas la persona que está muriendo en una dimensión desconocida para los que la ven desde fuera. En otras palabras, lo que se experimenta durante la muerte es un “cambio de dimensión”.

Podemos resumir los acontecimientos que revelan estos versículos que hemos analizado como sigue: ya se sea creyente o no, la muerte de una persona no se retrasa ni se adelanta ni siquiera una hora. Dondequiera que esté, la muerte le sorprende, si ha llegado su hora. En el momento de morir, se recibe un tratamiento diferenciado, aunque exteriormente no se puede distinguir.

La muerte del creyente

  • Al ser consciente de que la muerte es inevitable, el creyente se prepara para enfrentarse a ella durante toda su vida y finalmente pasa el examen.
  • Los ángeles de la muerte le saludan y le dan buenas nuevas del paraíso.
  • Los ángeles tratan el alma de un creyente con delicadeza.
  • El creyente siente la necesidad de dar la buena nueva de que la promesa de Dios es cierta a otros creyentes que aún están en el mundo y de que no existe miedo ni dolor para ellos. Pero esto no está permitido.

La muerte del incrédulo

  • Se enfrenta a la muerte que ha intentado evitar durante toda su vida.
  • Sufre convulsiones mientras muere.
  • Los ángeles extienden sus manos y le informan sobre el degradante castigo del infierno.
  • Los ángeles golpean su cara y espalda mientras está muriendo.
  • Se llevan el alma con un gran tormento interior.
  • Cogen el alma y llega hasta la garganta y, en ese momento, no queda nadie para curarle.   
  • El alma sale con dificultad, mientras que sigue negando.
  • En el momento de morir, no se le permite expresar su fe ni arrepentirse.

Podemos aprender algo de la “muerte clínica” que la gente observa desde fuera. La manera en que este tipo de muerte reduce el cuerpo humano a algo insignificante hace que uno vea como ciertos algunos hechos muy importantes. Por consiguiente, la “muerte clínica” y la tumba, que nos esperan a todos, también merecen mencionarse y meditar sobre ellas.

La muerte del cuerpo (vista desde fuera)

Cuando morimos, a la vez que el alma abandona la dimensión en la que vive el hombre, deja también atrás un cuerpo sin vida. Como en el caso de las criaturas que cambian la piel, se abandona la envoltura externa y se continúa hacia la verdadera vida.

A pesar de esto, la historia de la “envoltura” que permanece en este mundo es importante, especialmente para aquellos que dan al cuerpo más importancia de la que realmente merece...

¿Has pensado detenidamente lo que le sucede a esta “envoltura” cuando uno muere?

Morirás un día. Quizá de un modo que nunca imaginaste: mientras vas a la panadería a comprar el pan, puede que un coche te atropelle; o una enfermedad mortal acabará con tu vida; o, simplemente, tu corazón dejará de latir sin motivo aparente.

Entonces empezarás a saborear la muerte

De aquí en adelante, no tendrás nada que ver con tu cuerpo. Ese cuerpo que asumiste como “tuyo” durante toda tu vida se volverá un simple trozo de carne. A tu muerte, otros se lo llevarán. Habrá gente alrededor llorando y lamentándose. Luego llevarán ese cuerpo al depósito, en donde permanecerá una noche. Al día siguiente comenzarán los preparativos para el entierro. Lavarán el cuerpo sin vida, ahora muy rígido. Señales de la muerte aparecerán en algunas partes del mismo, poniéndose morado.

Luego envolverán el cadáver en un sudario y lo colocarán en un ataúd de madera que conducirá un coche fúnebre. Conforme avanza hacia el cementerio, la vida en las calles seguirá como siempre. Al percatarse de que pasa un coche fúnebre, algunos viandantes mostrarán respeto, pero la mayoría seguirán con lo que estaban haciendo. En el cementerio, el ataúd lo transportarán los que te querían o los que decían quererte. Lo más probable es que aún haya gente llorando y lamentándose. Entonces llegarán a su inevitable destino: la tumba. Inscribirán tu nombre en la lápida de mármol… Sacarán tu cadáver del ataúd y lo meterán en la fosa. Recitarán oraciones por tí. Finalmente, cogerán las palas y cubrirán tu cuerpo con tierra. También arrojarán tierra en el sudario y tu boca, garganta, ojos y nariz se llenarán de ella. Poco a poco te irás cubriendo de tierra por completo. Enseguida acabará el funeral y la gente se irá marchando. Entonces el cementerio volverá a su silencio habitual. Los que asistieron a las exequias seguirán con sus vidas y, en cuanto a tu cuerpo enterrado, la vida ya no tendrá sentido para él. Una casa bonita, una persona bien parecida, un paisaje impresionante no significarán nada. Tu cuerpo no se encontrará con un amigo nunca más. De ahora en adelante, lo único cierto para él será la tierra, los gusanos y las bacterias que la habitan.

¿Has pensado alguna vez en cómo será el aspecto que tendrá tu cuerpo después de morir?

Con el entierro, tu cuerpo experimentará un rápido proceso de  descomposición provocado por factores tanto internos como externos.

Poco después de que te coloquen en la tumba, las bacterias y los insectos que proliferan en el cadáver debido a la ausencia de oxígeno empezarán a actuar. Los gases liberados por estos organismos hincharán el cadáver, empezando por el abdomen, alterando su forma y apariencia. Una espuma sanguinolenta brotará de la boca y la nariz debido a la presión de los gases sobre el diafragma. Conforme avanza la descomposición, se desprenderán el pelo, las uñas, las plantas de los pies y las palmas de las manos. Acompañando a esta alteración externa del cuerpo, los órganos internos tales como los pulmones, el corazón y el hígado también se descompondrán. Mientras tanto, la escena más horrible tiene lugar en el abdomen, donde la piel no puede soportar ya la presión de los gases y revienta, expandiendo un olor insoportable y repugnante. Comenzando por el cráneo, los músculos se separarán de su sitio. La piel y los tejidos blandos se desintegrarán por completo. El cerebro se pudrirá y empezará a parecer barro. Este proceso continuará hasta que todo el cuerpo quede reducido a un esqueleto.

El cuerpo que creías tuyo desaparecerá de una manera horrible y desagradable. Mientras que aquellos que dejaste atrás prosiguen con los rituales de costumbre, los gusanos, insectos y bacterias del suelo corroerán tu cuerpo.

Si mueres a consecuencia de un accidente y no te entierran, las consecuencias serán incluso más trágicas. Los gusanos comerán tu cuerpo como si fuera un trozo de carne que se deja a temperatura ambiente durante varios días. Cuando se hayan comido el último trozo tu cuerpo será un esqueleto.

Ésta es la manera en que la vida de un ser humano, creado de “la mejor forma” alcanza el más horrible de los finales.

¿Por qué?

Es sin duda por la Voluntad de Dios que el cuerpo deja de existir de una forma tan drástica. El que así lo haga conlleva un mensaje implícito muy importante. El terrible final que le espera al hombre debería hacer que se diera cuenta de que no es un cuerpo, sino un alma “encerrada” en un cuerpo. En otras palabras, el ser humano debe comprender que tiene una existencia más allá de su cuerpo. Un final tan impresionante, con las muchas lecciones que conlleva, está hecho para que el hombre comprenda que no es simplemente “carne y huesos”.

El hombre debería contemplar su cuerpo, al que da tanta importancia (como si fuera a permanecer en este mundo finito para siempre), y fijarse en su final: la muerte (puesto que se corromperá bajo la tierra, se lo comerán los gusanos y, finalmente, se convertirá en un esqueleto).

 

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