La Verdad De La Vida Del Mundo

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Introduccion

La vida de acá no es sino juego y distracción. Sí, la Morada Postrera es mejor para quienes temen a Dios. ¿Es que no razonáis..? (Corán, 6:32)

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La mujer que vemos arriba tiene unos setenta años. ¿Se ha preguntado alguna vez cómo evaluaría su vida alguien de esa edad? Si recuerda algo, seguramente dirá: “pasó volando”.

Advertirá que la vida no ha sido “tan larga”, como soñaba en la adolescencia. Posiblemente en su juventud no se le habrá cruzado por la mente que envejecería. No obstante, llegado el momento se verá agobiada por los setenta años o más transcurridos. Quizás en su tierna edad nunca imaginó que la juventud y los deseos se marchitarían tan rápidamente.

Si se le pidiese que contara su historia, posiblemente la relataría en cinco o seis horas: es todo lo que le quedaría de lo que denomina “una larga vida de setenta años”.

La mente de una persona, desgastada con la edad, por lo general está ocupada con muchos cuestionamientos, realmente importantes.Considerarlos y responderlos sinceramente es esencial para comprender todos los aspectos de la vida: ¿Cuál es el propósito de esta vida que transcurre tan rápidamente? ¿Por qué se debería tener una actitud positiva frente a todos los problemas relacionados con la edad? ¿Qué deparará el futuro?

Las posibles respuestas a estas preguntas se ubican en dos categorías principales: las que dan las personas que confían en Dios y las que dan los incrédulos que no confían en El.

Por ejemplo, una mujer que no cree en Dios dirá: “Me pasé la vida persiguiendo aspiraciones vanas. Ya se me fueron setenta años pero en verdad aún no he sido capaz de entender para qué he vivido. Cuando era niña mis padres eran el centro de mi vida. Mi felicidad y goce estaban ligados a su amor. Luego, como joven adulta, me dediqué a mi marido y a mis hijos y me propuse una serie de objetivos. Pero cada vez que lograba concretar uno de los mismos, se me antojaba que era un capricho o un antojo pasajero. Conseguida una meta me dirigía a otra y ocupada en ello no me paraba a meditar sobre el real sentido de la vida. Ahora, con setenta años encima, en la tranquilidad de la madurez, intento descubrir a qué apuntaban mis días transcurridos. ¿Viví para gente de la que actualmente sólo tengo un recuerdo borroso? ¿Para mis padres? ¿Para mi cónyuge, a quien perdí hace años? ¿Para mis hijos, a los que últimamente veo poco porque ya tienen sus propias familias? Me encuentro confundida. Lo único cierto es que me aproximo a la muerte. Desapareceré de este mundo dentro de no mucho tiempo y la gente me recordará poco o nada. ¿Qué sucederá después? En verdad, lo desconozco totalmente. ¡El sólo pensar en ello me espanta!”.

Seguramente hay alguna razón para caer en semejante desazón: la incomprensión de que el universo y todo lo que en él hay tienen determinados fines que se van cumpliendo. Esos fines existen debido a que todo ha sido creado. La persona inteligente advierte que en cada detalle de este mundo infinitamente variado existe un diseño y una sabiduría que lo hace posible. Esto lleva al reconocimiento del Creador y a concluir que por no ser ningún ser viviente la consecuencia de un proceso azaroso, todos sirven a un fin importante. En el Corán, la última guía auténtica revelada a la humanidad para seguir el sendero recto, Dios nos recuerda una y otra vez el propósito de nuestras vidas, aunque es algo que tenemos la tendencia a olvidarlo:

El es Quien ha creado los cielos y la tierra en seis días, teniendo Su Trono en el agua, para probaros, para ver quién de vosotros es el que mejor se comporta…(Corán, 11:7)

Este versículo provee a los creyentes de una comprensión completa del proyecto de la vida, pues saben que este mundo es un lugar en donde van a ser evaluados por su Creador. En consecuencia, esperan ser bien calificados, obtener el contento de Dios y, por ende, el Paraíso.

De todos modos, en consideración de la claridad, debemos tener en cuenta un punto importante: quienes creen en la “existencia” de Dios no necesariamente tienen una fe cierta. Hoy día son muchos los que aceptan que el universo es la creación de Dios pero no son tantos los que entienden lo que ello conlleva. Por lo general la gente piensa que el Señor creó el universo y luego lo dejó librado a su propio andar.

Dios se refiere en el Corán a esa interpretación errónea:

Si les preguntas: “¿Quién ha creado los cielos y la tierra?”, seguro que dicen: “¡Dios!”. Di: “¡Alabado sea Dios!”. No, la mayoría no saben. (Corán, 31:25)

Si les preguntas (a los infieles): “¿Quién os ha creado?”, seguro que dicen: “¡Dios!”. ¿Cómo pueden, pues, ser tan desviados (de la verdad)? (Corán, 43:87)

Debido a esa comprensión equivocada, la gente no vincula las cosas como corresponde. Esta es la razón básica por la que cada individuo desarrolla sus valores y principios personales dentro de una estructura ―cultura, comunidad y familia― en particular. Dichos valores y principios le sirven de “guía para la vida” hasta que le llega la muerte y piensan algunos que cualquier acción errónea será castigada sólo temporalmente en el Infierno, para pasar luego a una vida eterna en el Paraíso. Esa forma de pensar les evita tener en cuenta los castigos dolorosos que podrían presentarse al final de sus vidas. A otros ni siquiera se les ocurre pensar en todo esto y, simplemente, no le dan ninguna importancia al otro mundo y buscan “vivir como más les place”.

Sin embargo, la verdad está en el polo opuesto de lo que piensan. Quienes rechazan la existencia de Dios caerán en una profunda desesperación. El Corán caracteriza a gente así:

Conocen lo externo de la vida de acá, pero no se preocupan por la otra vida. (Corán, 30:7)

Seguramente son pocos los que comprenden el sentido y propósito de este mundo. La mayoría nunca piensa o tiene suficientemente en cuenta que la vida de acá no es perpetua.

Algunas expresiones evidencian la idea que distintas personas tienen sobre la duración de esta vida: “Aproveche todo lo que pueda de esta vida mientras dure”; “la vida es corta”; “no se vive eternamente”. Esta forma de pensar casi desconoce la otra vida y refleja la posición general ante la vida y la muerte. Si se cree que sólo se vive aquí, las conversaciones sobre la muerte siempre son interrumpidas con bromas o planteando otros temas que desvíen la atención de lo serio del asunto. El objetivo siempre es reducir los temas importantes a algo de poca trascendencia.

Seguramente la muerte es una cuestión que merece un examen serio. Puede ser que distintas personas se hayan mantenido inconscientes hasta ahora del significado de la misma. Pero si esa situación se invierte, deben reconsiderar sus vidas y sus expectativas. Nunca es demasiado tarde para arrepentirse frente a Dios y reorientar todas las formas de proceder para ser sumiso a Su voluntad. La vida es corta pero el alma humana es eterna. Durante el breve período de existencia en este mundo no debemos permitir que las pasiones pasajeras nos manejen. Deberíamos resistirnos a ello y mantenernos alejados de todo lo que fortalece la ligazón con lo mundanal. No cabe ninguna duda de que es insensato negar el otro mundo por consideración a los goces temporarios en este.

A pesar de eso, los incrédulos no captan dicha realidad y pasan su vida ignorando a Dios. Pero también saben que es imposible obtener determinadas cosas que desean. Gente así, siempre está disconforme con lo que tiene y siempre quiere más. Sus aspiraciones materiales no tienen límites y lo que logren nunca les satisfará.

Nada es perpetuo en este mundo. El paso del tiempo afecta lo que uno considera “bueno” y “nuevo” materialmente. Apenas se presenta un automóvil nuevo ya está siendo diseñado, fabricado y vendido otro más moderno. Quienes anhelan casas y mansiones opulentas y majestuosas con una enorme cantidad de habitaciones y accesorios de oro y plata, no valoran la morada que tienen y no pueden evitar verse invadidos por la envidia.

Gente así entra en una desesperada carrera por lo materialmente nuevo y mejor, no da ningún valor a lo logrado hasta ese momento y sólo ansía lo más moderno: este es el círculo vicioso que la gente ha experimentado a lo largo de la historia. Pero una persona inteligente debería detenerse y pensar porqué persigue ambiciones temporarias si con ello nunca obtiene beneficios duraderos. En consecuencia, debería sacar la conclusión de que “hay un problema radical con esa forma de pensar”. Desgraciadamente, muchísima gente no razona y continúa persiguiendo sueños prácticamente imposibles de concretar.

Además, nadie sabe, aunque más no sea, lo que le va a pasar en las próximas horas. Se puede sufrir un accidente, una herida seria o una discapacidad permanente. Por otra parte, el tiempo pasa presuroso hacia el fin de la vida. Cada día que transcurre nos acercamos más a ese momento predestinado. Seguramente la muerte erradica todas las ambiciones, codicias y deseos de lo mundanal. Bajo tierra ya no prevalece ninguna posición social o posesión material. Todo lo que tenemos y deseamos de este mundo, desaparece cuando vamos a la sepultura. Independientemente de que se sea pobre o rico, lindo o feo, un día sólo nos cubrirá un ropaje funerario.

Entendemos que este libro ofrece una explicación de la real naturaleza de la vida humana, la cual es corta y engañosa y en la cual las cosas mundanales se presentan fascinantes y prometedoras, aunque lo verdaderamente prometedor está en otro lado. Este escrito, si usted lo acepta, le capacitará para percibir la vida en su auténtica dimensión y le ayudará a reconsiderar los objetivos que se plantea.

Dios convoca a los creyentes a advertir a otros sobre estas realidades y les llama a vivir sólo para cumplir con Su voluntad:

…¡Lo que Dios promete es verdad! ¡Que la vida de acá no os engañe… (Corán, 31:33)

 

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